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Egipto intercultural

Diplomacia

Estamos mucho más unidos de lo que parece, y para comprobarlo basta con hacer un viaje con los ojos bien abiertos. Quizá Egipto sea el destino más adecuado para ver cómo las razas se encuentran y se complementan, cómo las religiones no han abandonado la vieja aspiración de comprenderse, y un pasado esplendoroso, una cultura magnífica puede atraer a gente de todo el mundo.

El viaje nos enriquece, nos hace más tolerantes, más sabios y mejores, aunque es cierto que lo que llevamos al viaje es, en gran parte, lo que éste nos devuelve. Es difícil que un hombre de malos instintos se transforme tras un viaje, pero… si no lo hace en él, ¿dónde lo va a hacer? El viaje nos pone ante el espejo de los demás, y acaba descubriéndonos a nosotros mismos.

Ya el aeropuerto es una experiencia, por lo menos una toma de contacto, una visión, aunquesuperficial. En el aeropuerto de Barajas –que es el mío- nos encontramos con gente de todas las nacionalidades, todas las razas y todas las religiones, lo que nos espera en Egipto, pero es un hervidero sin apenas rostro, una masa que se mueve para facturar el equipaje, para lograr la tarjeta de embarque, o para esperar, aburrida, a entrar en el avión. Los aeropuertos son vida nerviosa y estancada.

Es mucho más social y divertido el tren, incluso el coche, pero somos unos privilegiados: el avión nos pone en contacto con todo el mundo en apenas unas horas. Es lo más cerca que tenemos de la máquina teletransportadora, y también de la máquina del tiempo. El avión es una máquina del tiempo.

Pero hay poco relato, poca historia en un avión, y si algo es Egipto es una historia. Nos la han contado desde niños, fascinándonos con los faraones, las pirámides, los sarcófagos, las momias y su momificación… Egipto nos envuelve desde que tenemos uso de razón, y por eso hay muchos que pueden afirmar que lo conocen sin haberlo visitado nunca. En el fondo, Egipto pertenece al ámbito de los Grandes Relatos, es una mitología.

Los compañeros del viaje
Mis dos compañeros de viaje son también un buen ejemplo de lo intercultural, que tanto voy buscando. Adnan Jaber es de origen palestino y está nacionalizado español, y José Luis de Pablos es español sin más, pero se ha paseado buena parte de África y del mundo árabe. Los dos trabajan en Televisión Española y muchas veces se han internado por lo desconocido -Mozambique, Irak, Jerusalén…-, para contárselo a los demás.

Adnan es un hombre grueso, bajo y muy afable, un auténtico experto en lo árabe, capaz de resolver cualquier conflicto, grande o pequeño, entre un europeo y un árabe, y seguramente entre dos árabes. José Luis es un periodista vocacional, un hombre permanentemente pegado a sus cámaras. No hace falta que tenga trabajo para que se ponga a filmar, al igual que Adnan, como buen periodista, está siempre pendiente de lo que se cuece, de lo que se habla y le cuentan. Fueron los dos compañeros perfectos para mi marcha a Egipto, y sobre ellos se podría escribir un libro.

Un Festival Internacional de Cine
Íbamos invitados al XXXI Festival Internacional de Cine de El Cairo, pero nuestro propósito era más amplio: ver la ciudad, visitar sus barrios, relacionarnos con sus gentes, captar Egipto. Y a partir de ahí plasmar en palabras e imágenes lo que más interés pudiera tener.

El Festival de El Cairo lo tenía, y si brillaba lo hacía precisamente por su mestizaje, su mezcla de razas y culturas. Desde un director español a otro egipcio, libanés, palestino… A la ceremonia de clausura, en un teatro espectacular, asistió un sonriente y barbado Harvey Keitel, que puso la nota del cine norteamericano, y Quincey Jones, el cantante de We are the World, recibió un premio honorífico. Todos los galardones los daba el ministro de Cultura egipcio, un hombre moreno y con gafas, siempre sonriente, que yo creo que fue el que mejor se lo pasó del Festival.

Estábamos alojados en un hotel, hay que decirlo, muy confortable, y ese lugar fue el centro de operaciones de todas las actividades. Allí se reunía el gabinete de prensa, los actores, los directores, todos los invitados al Festival. En el vestíbulo del hotel se grababan entrevistas para televisión a estrellas de todo el mundo árabe. El comedor era por sí solo un festival de diferentes nacionalidades y lenguas. Se hablaba inglés, francés, y por supuesto árabe, pero también ruso, y probablemente, cualquier lengua imaginable se podría haber escuchado en el Festival.

Tienen razón los que dicen que el arte, y especialmente el cine, de una forma muy inmediata, ha hecho más por la paz que todos los tratados. Porque el arte, aunque a veces parezca ensimismado, es puro diálogo, con o sin intérprete, con o sin doblaje.

Yo había sido invitado a Egipto por la Organización del Festival, gracias a las gestiones del Dr. Abdel Fattah, director del Instituto Cultural Egipcio en Madrid, y de Mohammed El Afifi, portavoz de la Mezquita de Madrid (M-30). Ya esos dos espacios simbolizan la unión multicultural, lugares donde expresar ideas y creencias…

Mi viaje fue una perfecta mezcla de todos los niveles socioculturales, y la comprobación de que la riqueza cultural no conoce límites ni fronteras sociales, nacionales o temporales. Por la mañana disfrutábamos de un sabroso buffet en el hotel y por la noche de una cena maravillosa, cordero y cuscús, en el barrio más profundo de El Cairo.

Los invitados al Festival, en gran medida, eran intelectuales, gente que ha viajado mucho, han visto y hecho muchas películas, personas leídas. Pero los habitantes de El Cairo, que abarrotaban la ciudad, tenían su propia riqueza, y su inteligencia estaba perfectamente adaptada a su medio. Continuamente se acercan al turista para venderles papiros, pequeñas pirámides, los objetos más inverosímiles. Egipto se ha convertido en una gran industria cultural. Los Faraones hicieron obras faraónicas, sí, y ese adjetivo hoy no tiene buena prensa, pero les legaron a los egipcios de hoy un magnífico patrimonio por el cual son respetados y admirados en el mundo entero.

Egipto, hoy, no es una potencia política de primer orden, pero su voz se hace oír en todo el mundo. Su importancia en los países árabes es fundamental, y tal vez sea por las huellas de los faraones, rastros colosales, que Egipto despierta un cariño y una fascinación sin igual en el concierto de las naciones. La Historia de Egipto es tumultuosa, la lucha de una ambición, pero sus páginas se han remansado en un gran Río, tan ancho, profundo y dinámico como el Nilo.

Los gigantes de Gizeh
Las tres grandes pirámides, Keops, Kefrén y Micerinos, y la esfinge de Gizeh, están al borde de la ciudad, donde las construcciones se metamorfosean en desierto. La arena y la ebullición y fertilidad del Nilo… las tumbas de los faraones y los rascacielos que bordean el Río. Las grandes mezquitas, como la de la Luz, donde van a rezar todos los presidentes de Egipto… El Cairo, una ciudad de más de veinte millones de habitantes, algo difícil de concebir para un europeo. Y sin embargo, cada uno de sus habitantes con un rostro, una sonrisa, una manera diferente de mirar.

Es un universo en el que es fácil perderse, en el que puede pasar de todo, bueno o malo. Pero también está la policía y el ejército egipcio para que sólo pasen cosas buenas. Los turistas están muy amenazados, y es primordial en el país cuidarlos. El turismo es la primera fuente de ingresos del Estado egipcio. Por eso, a las puertas de los hoteles, hay perros anti-bomba olfateando los vehículos, y cada cincuenta metros hay una garita con un policía fuertemente armado, o un soldado sentado en un banco. Egipto es un país de contrastes, y todo está presente, abigarrado. Es el viajero el que con sus ojos va separando unas cosas de otras, disfrutando de todas. No es de extrañar que Egipto sea el sueño de un turista, porque es un país para mirarlo y no cansarse de mirarlo, como una mujer muy hermosa.

Y luego está la autenticidad impresionante de las Pirámides de Gizeh, desafiando el tiempo y desafiándonos a nosotros, pobres mortales que desapareceremos mucho antes que ellas. Pero también nos recuerdan que fuimos nosotros los que las construimos, seres humanos, para bien o para mal, como todo lo que hacemos.

Cada vez que miraba al Nilo, desde un puente, o desde alguno de los miradores del hotel, me parecía mentira que pudiera estar ahí, en El Cairo, Egipto, país árabe. En el “río padre de todos los ríos” uno tiene la sensación de que se concentra la Historia, de que sus aguas, muy cerca de las que según Borges quitaban la inmortalidad, nos llevan a quienes las hemos visto. Para siempre. Y que esas aguas son tan variadas, multiformes y enriquecedoras como las personas que, cada día, se dan cita en las orillas del Nilo, desde hace milenios…

 

Eduardo Martínez Rico