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Experiencias

GeneraciÓn XXI

Sentía los estigmas en las muñecas y en los pies. Nunca había sangrado, no, pero los sentía. También había experimentado, muchas veces, esa sensación de la que hablan algunos orientales, en lo alto de la cabeza, un cosquilleo, una extraña receptividad. Y en el entrecejo. Además, extrañas presiones le recorrían, de vez en cuando, la cabeza... Pero todo muy agradable.

Entraba en trance, ligero, mientras meditaba y viajaba por todo el mundo, el mundo de su mente, un universo que contaba el exterior y el interior... Había tenido muchos problemas y hacía años le habían diagnosticado una enfermedad mental, pero él era el hombre más feliz del mundo. Le daba igual que lo que le ocurría se debiera a su espíritu o a su cerebro. Él lo vivía con la misma pasión, con la misma serenidad.

Yo lo conocí por azar, si es que existe el azar. Era amigo de los padres de un amigo. Todo esto que he contado no se lo contaba él a cualquiera, más porque le habían recomendado que no lo hiciera, que porque a él le importara. Me lo presentaron en una fiesta y pronto empezamos a hablar de Jesús, de Buda, de textos sagrados... No es que yo sea un sabio en esas materias, pero me interesan profundamente y tengo una curiosidad inagotable.

Él sabía, pero lo sabía todo por dentro. Muchas de las cosas de las que me hablaba las había leído o estudiado yo, pero él tenía un conocimiento directo de ellas. Las había sentido, pasado por todo su ser. No sabemos dónde está el misterio último de nuestras vidas, ni de eso que hemos llamado religiones, pero el conocimiento es de muchos tipos, y este hombre tenía la experiencia interior de lo que los teólogos, o muchos de ellos, jamás llegarán a acercarse.

No me dijo, claro que no, que él sentía los estigmas de Jesús, o que se le iluminaba lo alto del cráneo, ni que se le marcaba una energía en el entrecejo... No estaba loco. Me enteré mucho más tarde, cuando murió, que es cuando nos enteramos de casi todas las cosas... importantes. Alguien me contó estas historias. Sólo puedo decir que era un hombre bueno, extraordinariamente sensible a todo, al universo, a sí mismo pero también al otro. ¿Era un santo, un místico, un enfermo? No lo sé, pero había experimentado lo que sólo experimentan los elegidos.

 

Eduardo Martínez Rico