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Entrevista a Víctor García de la Concha

Época

Catedrático de Literatura Española de la Universidad de Salamanca, como director de la Real Academia Española ha modernizado la institución, impulsando la política lingüística panhispánica.

La Real Academia Española tiene algo de templo y de museo, aunque sea un centro de trabajo. Es solemne, lleno de mármoles, alfombras y maderas nobles.

Víctor García de la Concha es un director perfecto. Filólogo,experto en Literatura del Renacimiento y poesía del siglo XX, tiene dotes de diplomático y quizá de político, y eso le ha tenido que ayudar en el cargo. Pero al mismo tiempo posee un fondo espiritual que se le enciende cuando se le pregunta por la mística –una de sus especialidades-, por Santa Teresa y por el éxtasis, “una cima que se alcanza en ocasiones”.

García de la Concha es un hombre serio, y parece sacrificar la simpatía por la eficacia. Está totalmente identificado con la Academia, y la mejor manera de conocerle a él es preguntarle por ella.

-¿En qué medida la Academia es una especie de club?
-La Academia podría dar, hace unos años, un aspecto de club por dos razones. Una porque es una corporación cerrada y limitada. Hay 46 académicos, 46 sillones, un número limitado. Y después porque la Academia es muy fiel a sus tradiciones corporativas. El jueves, en la sesión plenaria, empezamos recitando las preces latinas, con la cartela del siglo XVIII, y la cerramos del mismo modo. Pero esto no quiere decir que quienes forman parte de la Academia sean personas religiosas; hay académicos de todas las ideologías. También hay que tener en cuenta el comportamiento de los académicos; por ejemplo, aquí no se anda en mangas de camisa.

-¿Por qué esto es así?
-Es el tono de la casa, que todos respetamos. Nosotros entendemos que la sociedad española comprende y quiere que sea así. Y junto a eso, la Academia tiene uno de los departamentos más avanzados de lingüística computacional, programas informáticos pioneros, y está preparando una gramática que llamará la atención.

-¿Cómo le explicaría a un niño cómo se hace el diccionario?
-Le explicaría que el diccionario es el gran granero de la lengua, y que la función de la Academia es notarial. La Academia abre sus oídos y oye lo que el pueblo dice, qué sentido da a las palabras, abre sus ojos, ve lo que está escrito, qué palabras van emergiendo, de qué manera… Cuando una palabra se ha consolidado en su uso al cabo de cinco o seis años, y su significado o significados están claros, la Academia lo registra. El diccionario es un organismo vivo como viva es la lengua.

-Usted es un profesor vocacional.
-Desde luego. He recorrido toda la escala de la enseñanza, una vez que terminé los estudios de Filología Románica; desde adjunto de instituto a catedrático de Universidad, en Zaragoza y en Salamanca. Mi vocación fue y es de profesor, y me ha gustado siempre dar clase. Nunca he dejado de dar clase.

-¿Cómo tiene que ser un buen profesor?
-Toda profesión requiere una vocación, pero si alguna requiere una vocación especial es la profesoral. Un profesor que no tenga vocación, convencimiento, ilusión… no será un buen profesor. Yo disfrutaba dando clase, entre otras cosas porque siempre aprendí mucho, sobre todo las clases de especialidad y doctorado. Aprendía de la propia dinámica de la docencia y por supuesto de los alumnos.

-¿Qué se requiere para ser académico?
-Estoy tentado a darle la respuesta del presidente de la Academia Francesa, al que le preguntaban lo mismo: “Ante todo ser un buen compañero.” La Academia Española está constituida por dos grandes bloques, los filólogos y los creadores. Se necesita ser un profesional destacado en cada materia, pero ¿por qué unos hemos sido escogidos y otros no? Cuando se produce una vacante, la Academia ve qué persona le viene mejor para los proyectos que tiene, siempre supuesta la excelencia básica de las personas.

-Llama la atención que a usted le hicieron académico, unos meses después secretario perpetuo, y pocos años después director.
-Eso es fruto de la circunstancia. Cuando yo ingresé en la Academia José García Nieto, el secretario perpetuo, tuvo un derrame cerebral y quedó imposibilitado. Se hizo cargo de la secretaría el censor, pero de forma interina. Y no había en la Academia quien se hiciera cargo de la secretaría. Y Fernando Lázaro Carreter, que era como un hermano mayor mío, me dijo que tenía que ser yo.

-La obra de Lázaro Carreter fue importante.
-Lázaro Carreter impulsó una gran renovación de la Academia. Por desgracia, pagó con su salud el esfuerzo, y quedó limitado en sus posibilidades. Trabajé codo con codo con él, haciendo mucho más de lo que hacía normalmente un secretario, aunque el director e impulsor de todo era él. Cuando terminó Lázaro su período reglamentario, la Academia entera creyó que aquella obra debía tener una continuidad, y ése fue el motivo de que me nombraran director.

-¿Cuál es la misión de un director?
-El director siempre fue la figura clave de la Academia, pero a decir verdad con el mandato de Lázaro una de las cosas que se cambió fue esa figura. La Academia Española hasta entonces seguía la pauta de la Academia Francesa, donde el secretario perpetuo era el que organizaba todo. Eso, a partir de Lázaro cambia y la Academia adquiere una directriz presidencialista. Es entonces cuando el director asume toda la responsabilidad, como antes, pero en la práctica. El director es el representante oficial máximo de la Academia.

-Pero hay una junta de gobierno.
-Sí, el supremo órgano rector de la Academia es la junta de gobierno, integrado de una forma muy sabia: el director, el secretario, el censor, el bibliotecario, el tesorero y dos vocales adjuntos, que son elegidos cada año, por turno. Se renueva siempre de forma heterogénea, porque son elegidos siempre por el pleno de los académicos. No es que el director se busque su equipo. Esto garantiza la pluralidad de las formas de pensar y de sentir de los académicos.

-Con usted la Academia se ha hecho internacional. Tiene una gran vocación hispana.
-Eso tiene raíces en mi actitud y en mi formación. Cuando me hice cargo de la secretaría, Zamora Vicente, gran secretario durante 18 años, me dijo: “América… América es capital.” La base estaba lograda porque la Academia había tenido la gran iniciativa de promover el nacimiento de Academias correspondientes en América, justo en el momento de la Independencia. Entonces hubo un cierto peligro de independentismo lingüístico, pero la gran expansión del español se produce precisamente a raíz de la Independencia.

-También Lázaro Carreter y el Rey le insistieron en lo mismo: América.
-Lázaro me dijo cuando me traspasó el cargo: “Víctor, te quedan dos cosas: una consolidar la economía de la Academia y segundo América.” Primero había sido Zamora Vicente y ahora Lázaro. Y recién elegido director fui llamado por el Rey a la Zarzuela. Como usted sabe, el Rey es el patrono constitucional de la Academia. “Mi única preocupación es América -me dijo el Rey-. Yo no te voy a pedir más que te vuelques en América.”

-¿Cómo se traduce todo esto?
-Fui el primer director que visitó todas las Academias, y hoy por hoy el 70 % de mi tiempo está dedicado a América. Es entonces cuando, día a día, llegamos a consensuar la política lingüística panhispánica, un cambio muy importante. Esto consiste en que los tres grandes códigos en los que se expresa la unidad de la lengua, léxico, gramatical y ortográfico, no son obra ya de la Real Academia sino del conjunto de las Academias.

-¿En qué medida afecta la política a la labor de la Academia?
-Las academias son absolutamente autónomas en toda su gestión. Nosotros estamos en el nivel de Estado. Eso sí, tenemos que procurar tener un trato respetuoso y cordial con los sucesivos gobiernos, y debo decir que todos lo han entendido muy bien. Cuando Fernando Lázaro se hizo cargo de la dirección, fue el gobierno socialista el que nos sacó de la penuria, pero después nos ayudó con el mismo entusiasmo el Partido Popular, y ahora el gobierno socialista.

-Esto es consecuente con la Academia, compuesta por gente de todas las ideologías.
-La Academia es absolutamente plural. Pedro Laín contaba que cuando le preguntaban qué tal en la Academia, contestaba: “Muy bien por tres razones. Primero porque es una institución noble, prueba de ello es cuantísima gente querría ser elegida académico; dos porque trabaja al servicio de una causa noble, la lengua; y tres porque es un sitio donde Torcuato Luca de Tena se sienta al lado de Buero Vallejo y dialogan amistosamente.”

 

Eduardo Martínez Rico

 

Asociación de Ideas

Palabra: El todo

Santa Teresa: Una mujer revolucionaria

Obra maestra: Cántico espiritual

Discurso: Río de expresión

Prosperidad: Deseo universal

Camilo José Cela: Gran escritor, personaje poliédrico

Director: Un servidor

Ángel González: Un gran poeta

Universidad: Alma mater

Compromiso: A título moral

Unamuno: Genio agónico

Actualidad: Concepto relativo

Honor: Patrimonio del alma

Docto: Sabidor

Don Quijote: España

Excelencia: Un objetivo

Premio: Recompensa relativa

 

Biografía

Nacimiento: Villaviciosa (Asturias), 1934.

Profesión: Filólogo, historiador de la Literatura

Trayectoria: Catedrático de Literatura Española de la Universidad de Salamanca (1979). Académico de la Real Academia de Española (1991), Secretario Perpetuo de la Academia (1991) y Director (1991). Director de la revista Ínsula y de las colecciones Austral y Clásicos Castellanos, de Espasa-Calpe. Autor de Nueva lectura del “Lazarillo de Tormes”, La poesía española de 1935 a 1975, entre otros libros. Director de la Historia de la Literatura Española proyectada por Menéndez Pidal.