Artículos

La generación volcán
Tras la Universidad: mileuristas

Diplomacia

“Una injusticia”, dicen algunos. “No saben valorar el mérito”, dicen otros. Pero esto lo hemos ido creando entre todos, desde nuestros abuelos a nuestros padres y hermanos. Aunque como dice Enrique Alcat, experto en management, “no debemos echarle la culpa a los otros y dejar la casa sin barrer”. Hasta sus enemigos, hasta los que le niegan “el pan y la sal”, porque así funcionan las cosas, reconocen que se trata de “la generación mejor formada de España”, un estribillo que se repite a poco que uno habla de los famosos “mileuristas”. Tienen másters, doctorados, carreras mil, son más políglotas y viajeros que Willy Fogg, y son competentes, muy competentes… pero cobran mil euros, o menos. En realidad lo hacen todo, lo saben hacer todo, pero cobran muy poco. Sólo eso; ése es el problema. Nada es tan fácil: “A mí no me salen las cuentas”, dice Felipe González, profesor del Colegio San Pablo CEU: “Es al empezar cuando ganan mil euros, luego la cosa va subiendo. Yo veo a mi hijo y a mis sobrinos con coches, saliendo los jueves, yendo a esquiar en cuanto pueden. Si ganaran mil euros no podrían hacer todas estas cosas.”

Pero es la generación-Volcán. Tiene un funcionamiento subterráneo, porque apenas les dejan mostrar su valía, tienen unas ansias sexuales, pseudo-reprimidas, tremendas, de conectar con el otro, de diálogo, de ser comprendidos. Su formación llega a lo estratosférico; se supone que las empresas no están dispuestas a pagar el lujo de su formación, pero parece claro que próximamente España tendrá que ponerse al nivel verdadero de Europa, quizá para superarlo, y tendrá que ser esta generación “hiperformada”, más que la de sus hermanos mayores, y no tan contaminada por los videojuegos y la Nintendo como la de sus menores, la que tendrá que pilotar el país, por la cuenta que nos trae. Sí, es un volcán que estallará tarde o temprando y nadie la podrá parar.

Esto lo tiene claro el Profesor Felipe González: “Estoy seguro de que esta generación va a sacar adelante el país. Hasta los veinticinco años son unos descerebrados, beben mucho, van muy rápido con el coche, se matan… pero yo hubiera sido igual. Estoy seguro de que lo van a sacar incluso mejor que nosotros, porque no parten de cero: el  país ya funciona.”

Paciencia, ya nos reconocerán
Parece que el problema del mileurista es sólo cuestión de paciencia, que tarde o temprano la sociedad acaba reconociendo su valía y pronto llegará el dinero. “Sigo pensando –continúa Felipe González- que es la generación más preparada, aunque “especialista”, que eso es lo que menos me gusta de ellos. Porque se puede ser especialista en algo y un inculto, un maleducado.” A los padres de mis alumnos les pasa mucho eso: pueden ser triunfadores, con muchas casas y muchos coches, pero son especialistas ignorantes y maleducados.”

El prestigioso economista Juan Velarde Fuertes llama la atención sobre “la uniformidad de esta generación. Se ha vuelto un pecado el ser diferente, algo que se señala como algo espeluznante. Quieren sacrificar la individualidad a lo colectivo, con lo que aumenta la ramplonería. Éste es el problema, y va en aumento.” Quizá esto se deba a la formación uniforme de todos ellos, pero ¿qué es mejor: un país de gente hiper-preparada, o, exagerando, de genios muy originales? ¿Un país de maestros, cada uno en lo suyo, o de genios excéntricos o friquis? Ojalá se llegue al término medio, y haya lo que todos vamos necesitando según los momentos. Que no falte nada ni nadie cuando lo necesitemos.

Un mileurista  que prefiere mantener el anonimato llama la atención sobre un detalle: “Nuestros padres están preocupados de nuestra situación, incluso tenemos un poco complejo de inútiles y aprovechados, porque vivimos en sus casas; pero yo trabajo en la empresa de un amigo de mi padre, por menos de mil euros, mientras que otro amigo mío trabaja en la empresa de mi padre…”

Un perro que se muerde la cola
Porque los mileuristas, naturalmente, trabajan con jefes y empresarios de la generación de sus padres. Es un “perro que se muerde la cola”, como señala el Profesor de Literatura Española de la Universidad Complutense, Ignacio Díez: “Es una injusticia. Pero llega un momento en que tienen que despertar. Mostrarse seguros de sí mismos, y plantarse. Decir “no” a lo que no se puede tolerar… A mí, por ejemplo, me ofrecieron dar una conferencia en la Casa de la Moneda y no me querían pagar. Yo les dije que era una contradicción hablar en ese lugar sin cobrar, y el hecho de que fueran sindicatos –que lo eran- no acababa con la paradoja.”

Es cierto que no todos pueden hacer lo que un profesor de Universidad, pero Enrique Alcat hace un llamamiento a la gente de esta generación: “Hay muchas empresas; no hay por qué quedarse en donde nos tratan mal o nos pagan mal. Hay que moverse e intentarlo en otras. Eso sí, aceptando que nos pueden decir que no, pero no pasa nada.”

Una novela sobre los mileuristas
Julio Valdeón es un escritor nacido en Valladolid en 1976 con varios libros y cientos de artículos a sus espaldas. Acaba de publicar Palomas eléctricas, que se puede entender como una novela sobre los mileuristas. Valdeón plantea una serie de vidas que se cruzan unas a otras y que muestran todas las contradicciones de la generación: “… Thompson escribió que “lo tuvimos todo de nuestro lado y nos subimos a la cresta de una bella ola; desde aquí podemos ver ahora donde rompió exactamente la ola y cómo se replegó al final”, y ésa es la clave, a eso intento ajustar mis artículos, a la ola, al detalle, minucioso, único, y no voy de escritor, no creas, oh, no, lo mío es más sencillo, sólo periodismo, si me dejan, periodismo, carajo, que agarre la realidad por el puto cuello, periodismo de batalla, pero con clase.”

Valdeón es una prueba en cierto modo fehaciente de lo que ha escrito. Emigró a Nueva York, desde donde manda columnas y reportajes a varias publicaciones españolas. Muchos jóvenes tienen que irse al extranjero, como es el caso, sobre todo, de los investigadores universitarios.

El panorama general de Velarde
Juan Velarde relaciona lo que le está sucediendo a esta generación, con una situación general: “En la política se acepta sin crítica una serie de planteamientos ramplones; la televisión avanza por la ramplonería; es visible en lo que el teatro se está convirtiendo, y surgen teatros de vanguardia, pero el teatro-teatro puede desaparecer…; el cine es de baja calidad…” Según Velarde estos síntomas van muy lejos, son problemas de fondo, profundo y están en movimiento, afectando a otros: “Cae el léxico, y nos encontramos con palabras como “tío” constantemente, eliminando cualquier capacidad de ampliación; como expuso Ionesco, aumenta la palabra rinoceronte…”. El planteamiento de Velarde es casi apocalíptico por lo negativo: “En la religión toda propuesta aséptica, interesante, desaparece; es el pan nuestro de cada día acelerado porque todo el mundo hace prácticamente lo mismo, y hay una variedad cada vez menos grande.”

Pero ¿cómo nos ve alguien de fuera? Mohammed El Afifi, egipcio, diplomático de carrera, portavoz de la Mezquita de Madrid (M-30), lleva más de veinte años en España, pero nos puede dar una visión más objetiva de nosotros mismos: “No estamos en el camino correcto en lo que se refiere a la valía de la gente. Y me estoy refiriendo a gente con carreras, másters, idiomas… que cobra 800 euros. No me parece bien, sino perjudicial. Hay un desprecio total a la formación de la gente, y a los que les suceden se les quita las ganas de seguir a la gente este camino; van a Gran Hermano o se dedican a chismorrear sobre los famosos en televisión…”

Y sí es una contradicción que un Doctor en Físicas, por ejemplo, cobre ochocientos euros como investigador, mientras, como dice Afifi, otros, y es lo que parece que se prima, “salen en programas basura para decir que se han acostado con alguien, y le pagan por media hora el sueldo de esa gente en seis años…” ¿Puede una sociedad responsable, adulta, sabia, consentir, permitirse este despropósito?

 

Eduardo Martínez Rico