Artículos

Kuwait, rico y misterioso

ExpansiÓn

El avión aterriza en paralelo a una larga fila de casas. Parecen del Oeste americano, una sucesión de “Salones”. El avión aterriza en plena población de Doha, o ésa es la impresión que tiene el viajero.

Un nuevo mundo aparece cuando hacemos escala en Doha, Quatar. Desde la sala de fumadores del aeropuerto, a través de un cristal levemente ahumado, vemos amanecer. El sol aparece en el horizonte, en el desierto, cubierto por una fina neblina.

Quatar es un emirato rico, la antesala de Kuwait; apenas hay una hora de avión entre uno y otro. Pero ya se ven aquí algunas diferencias con nuestro país: los automóviles de control de las pistas son BMW serie 7; en España tendríamos vehículos mucho más humildes para esta función. El aeropuerto de Quatar es pequeño y lujoso, con empleados vestidos de uniformes color vino, muy amables. La raza de este lugar del mundo está a medio camino entre Oriente y Occidente; tienen algo de orientales, caras redondas, pero con las facciones más dulces.

Kuwait es más grande y muy próspero. Ya en el aeropuerto se ve la unión de varias nacionalidades y razas. Como España, Kuwait experimenta el aluvión de inmigrantes, de África y de Occidente, pero sobre todo de los alrededores: India, Pakistán, Bangladesh… Me dicen, al abandonar mis maletas y mi ordenador, que no me preocupe: “En Kuwait nadie roba nada”. Un mozo me lleva el equipaje hasta el coche, y cuando le voy a dar unos euros de propina me dice: “Paper, paper”, “Papel, billetes…” Su cara es de profunda indignación. En Kuwait es mejor no dar propina a dar poco, lo que los profesionales consideran poco, y están acostumbrados a atender a gente muy rica.

Por Kuwait han pasado griegos, persas y árabes. Unas tribus de Arabia central viajaron a través del mar y se instalan en el Norte del Golfo, para luego vivir en la isla De Chader. Fundan Kuwait en 1672. Kuwait formó parte del Imperio Otomano, con la originalidad de que lo fue por motu propio, no por la fuerza. En el siglo XVII el país fue ocupado por comerciantes de especias, y durante el XVIII vivió de las perlas. En 1899 se convirtió en protectorado británico, pero en 1961 declaran su independencia.

Kuwait tiene grandes autopistas, modernas, de muy buen asfalto. Los carteles están escritos en bilingüe, en árabe y en inglés, y se parecen mucho a los nuestros. Mientras nos internamos en la ciudad, señalando las torres que asoman por todas partes, muchas en construcción, el chófer me dice sonriendo: “Más petróleo, más dinero, más torres”.

Este país, entre Oriente y Occidente, que sin embargo no ha renunciado a ninguna de sus costumbres, su lengua o su religión, sufrió en 1990 una guerra famosa en todo el mundo. Sadam Hussein invadió el país con sus tanques e infantería. Irak alegaba que Kuwait era una provincia suya, y que el origen de la invasión era una guerra económica en la que Kuwait había ido perforando pozos hacia los territorios iraquíes. Muchas bombas derrumbaron o dañaron gravemente sus edificios… Una coalición de más de treinta países, encabezados por Estados Unidos, durante enero y febrero de 1991, devolvieron al Emirato a su anterior estado. Kuwait ha tardado años en ponerse al mismo nivel económico en el que se encontraba, pero ya lo ha conseguido.

En las famosas “Torres de Kuwait”, al lado del mar, el Golfo Pérsico, hay fotos que muestran los daños causados: ventanas rotas, cuartos de baño destrozados… Kuwait es un país fundamentalmente de hombres de negocios, de ningún modo un país bélico. El petróleo le ha colocado en un nivel de prosperidad muy grande, y ya en 1953 era el mayor exportador de “oro negro” del Golfo Pérsico.

Merece la pena pasearse por la Ciudad de Kuwait, la capital del Emirato. Hay detalles que son producto de la globalización: un Carrefour enorme, un IKEA o un Mc Donalds… o una tienda de Zara en un recoleto Centro Comercial, el Zoco del Sultán, al lado de un puerto deportivo. En el mar de Kuwait se ven barcos, grandes y pequeños, embarcaciones deportivas, motos de agua… y los barcos pesqueros de aquí, pequeños y a motor, aunque parezcan de vela. Les quitaron las velas y los impulsan a motor, porque en Kuwait lo que sobra es petróleo.

Kuwait es un país muy pequeño –algo menos de dos millones y medio de habitantes-, pero en el que todo adquiere una gran intensidad. Casi toda la población vive en la Ciudad de Kuwait, y luego en pequeños pueblos alrededor de la urbe que ya van formando parte de ella misma. Es un país, una ciudad, de contrastes. Los más altos, grandes y espectaculares edificios conviven con casas pequeñas, pobres, con una modesta cuerda para colgar la ropa. En esto recuerda, de otra forma, a Nueva York y Manhattan. En Kuwait todo está mezclado. Además, es una ciudad en pleno estirón, que se está haciendo todavía.

El tejido urbano no es tupido y hay muchos espacios en blanco, espacios que serán cubiertos pronto. Todo está lleno de torres a medio hacer, y hay constructoras españolas que están trabajando en Kuwait. Aunque no hay tantas grúas como las que hay en Dubai. “En Dubai –me dice alguien aquí- están el 80 % de las grúas del mundo.”

Los kuwaitíes mantienen trato continuo con los occidentales, pero conservan lo que les es propio. Son una buena mezcla de Oriente y Occidente, con sus chilabas blancas, con bolsillos, y sus sandalias de cuero que, cuando están relajados, se las quitan y se quedan descalzos. Aunque algunos usan zapatos que parecen italianos. Los kuwaitíes son de tez morena y pelo negro, pero no mucho más que algunos de nosotros; suelen llevar bigotes y su hablar es enérgico. Tienen andares elegantes, y en general el porte es noble, quizá porque vienen del desierto. Hasta hace pocos años, los kuwaitíes se movían en el desierto, vivían del comercio y del mar. En 1938 descubrieron petróleo en el yacimiento de Burgan; entonces muchas cosas cambiaron en Kuwait. Ya no necesitaron tanto el mar, y el comercio cambió de mercancía. Pero siguen amando el mar y a menudo organizan fiestas nocturnas en la playa.

El Golfo Pérsico es un mar distinto. Es tranquilo, o yo lo vi tranquilo, sin apenas olas, muy amplio, porque desde el paseo marítimo se pierden sus límites. Un hondo olor a mar inunda a los viajeros. En el Golfo Pérsico uno descubre que el mar huele igual en todas partes.

A los kuwaitíes les gusta mucho España. Siguen la liga española de fútbol y en seguida te preguntan si eres del Madrid o del Barcelona. Muchos tienen casa en Marbella, y casi todos han viajado o quieren viajar a España. Un español en Kuwait se siente muy valorado, cosa que no ocurre en todos los lugares. “¡España, España… mejor que Kuwait!”, me dice un kuwaití. Y a veces no pueden entender los atractivos de su país para los extranjeros.

Pero Kuwait interesa a los occidentales por tres razones fundamentales: porque fue un país con un gran protagonismo en una guerra famosa, la I Guerra del Golfo; porque es misterioso, enigmático, como todo Oriente; y porque es muy rico.

            Kuwait es un país de Las mil y una noches, diferente, muy diferente para nosotros, pero con las suficientes cosas en común –muchas-, como para conectar rápido con él. El viajero que haya leído Tintín se dará cuenta en Kuwait hasta qué punto el mundo se parece a lo que vio el periodista belga. Sobre todo por la gente, el desierto, el perfume intenso de esta tierra.

 

Eduardo Martínez Rico