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Medinaceli, tierra de fronteras

alba

Por la A-II, carretera de Barcelona, desde Madrid, llegamos hasta Medinaceli. No hay pérdida porque el pueblo moderno se levanta justo al lado de la autopista. Para subir al caserío antiguo el viajero disfruta de una sinuosa y no demasiado larga carretera, quizá dos o tres kilómetros hasta lo alto de la loma que acoge la Medinaceli histórica.

El campo soriano ofrece llanuras extensísimas que nos hacen adivinar su altura. Estamos a más de mil metros sobre el nivel del mar, en el cruce y confluencia de grandes cadenas montañosas. En Soria vemos e intuimos la montaña. Campos labrados formando las cuadrículas características, rocas asomando por aquí y por allá, mil colores y un sol espléndido que realiza insuperables atardeceres. Ahora, en el otoño, los árboles parecen deshojarse para recibirnos.

Dos pueblos en uno. El moderno, abajo, fruto de la industrialización de la zona, y el histórico y artístico arriba, con su rampante arco romano, que hoy se encuentra entre andamios porque lo están restaurando. En Medinaceli abundan las casas señoriales y los artistas, que han encontrado aquí un lugar perfecto para trabajar.

La antigua alcazaba, el castillo, hoy es cementerio, y los mismos lugareños explican que no ofrece un gran interés para el visitante. En un día de diario las calles de Medinaceli, estrechas, con esa piedra ocre tan característica de aquí, tan mudable en sus tonos, lucen solitarias y tristes, como llamando a los fantasmas del pasado. Ese típico callejear de calles, estrechas e irregulares, no muy altas, con su vida pasada, vida cotidiana como la nuestra, trepando entre los muros: sonidos, olores...

Por estas tierras se puede rastrear la Historia desde los celtíberos, que son antepasados nuestros directos y que los tenemos un poco olvidados. Cerca de aquí a pocos kilómetros, siguiendo por la carretera que nos ha subido desde la Medinaceli moderna a la antigua, encontramos un yacimiento explicativo de restos celtíberos: utensilios, herramientas... Por aquí anduvieron también los romanos, los visigodos, y después el conflicto entre moros y cristianos, con jugosas leyendas.

Da un poco de pena pasear por este Medinaceli bello, noble y abandonado. Si de algo pueden servir estas pobres palabras del viajero, pediría una mayor atención hacia este pueblo de frontera, enhiesto en su loma, cuya vida arranca de la más profunda Historia de la Península, y se desarrolla por todos los pasos que ha recorrido España, sin olvidar Roma. Esta aventura histórica se prolonga todavía más hacia el pasado en los restos de dinosaurios de Soria, siguiendo hasta la Rioja, con las huellas milenarias de estos animales prehistóricos en Enciso.

Soria, que tanto y tan bien han cantado los poetas (Machado en nuestra mochila), asemeja un hermosísimo y glorioso reloj parado, con todo el encanto y la pena que eso entraña. A ese reloj sólo le podemos dar cuerda nosotros, como siempre ha sido: con nuestros pasos, nuestras palabras y ecos. Con nuestras acciones.

Entre estas casas, o no muy lejos, según el sabio Menéndez Pidal, un autor anónimo retocó y refundió el mítico Cantar de Mío Cid, no muy alejado en el tiempo de las hazañas de Rodrigo Díaz, y dándole al relato un tono más fantasioso y novelesco. Es el “autor de Medinaceli”.

Hoy, aquí, entre estas piedras y grandes palacios la Historia está detenida para el visitante. Sobre la loma de esta ciudad fortificada, que dividía el país musulmán del cristiano, fundamental baluarte estratégico, da vueltas, se siente el tiempo. Pero al tiempo también hay que cuidarle, darle brillo de vez en cuando. Que la restauración de su arco romano no sea un hecho aislado.

No faltan lugares para beber y comer en Medinaceli. Hay bares y restaurantes por todas partes, y cualquiera es bueno para repostar.

No sólo viajamos para airearnos, para divertirnos; viajamos para aprender y reflexionar, para entendernos mejor. Ante la antigua grandeza de estas tierras, y de Medinaceli en particular, uno medita sobre lo que fue esto y sobre lo que es hoy, sobre la nobleza de lo perdido y sobre los restos que dejamos los hombres de nuestras hazañas. Grandes y pequeñas. El viaje es un ejercicio de la memoria, que si no se practica se pierde.

En estas tierras sorianas, de las que Medinaceli es buen ejemplo, el viajero encuentra los sustratos de lo que le han formado, al igual que la misma tierra, también aquí en Soria, nos muestra las distintas capas de las que está hecha. Éste es un viaje sin guía, pero es cierto que mirando por donde miremos encontramos el Norte.

 

Eduardo Martínez Rico