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Oña, el sueño de los reyes

ALBA

Viajando a través de Castilla, de centro a Norte, desde Madrid a tierras burgalesas, el hombre de ciudad se maravilla del campo verde y amarillo, con cultivos que apenas acierta a distinguir y nombrar, hierba y paja. Iglesias, castillos, la blanca catedral de Burgos al fondo...

Y los cerezos en flor nos avisan de que hemos llegado. Oña, la muy noble y antigua villa de Oña, cabeza de municipio, y en tiempos uno de los lugares más poderosos de Castilla, tiene la desgracia, o la fortuna –quién sabe-, de ser inaccesible para el que no la persiga desde el corazón.

Un río y un desfiladero. Unas montañas, las rocas que asoman como mazas, mucho verde de boj y algo menos de encina, un pueblo en el que se concentra gran parte de la Historia de España, los orígenes de lo que aún hoy entendemos por España.

Según cuentan en la misma Oña, fue fundada para detener a los astures, cántabros y vascongados que hace un milenio hacían sus razias por esta zona para robar el trigo de los castellanos. También fue barrera de oposición a los moros en plena Reconquista.

No es un pueblo grande, pero tampoco es pequeño, y puede presumir de recuerdos prehistóricos, parajes perfectos para el senderismo, un río, el Oca, con abundante pesca y fabulosos tesoros artísticos. En las calles no se ve apenas gente. Es un lugar tranquilo, perfecto para no turbar la paz de los reyes y condes castellanos y navarros que duermen su sueño en la Iglesia de San Salvador, el templo que conserva lo más original de lo que fue el antiguo monasterio del siglo XI, fundado por el conde castellano Sancho García.

Aquí quiso ser enterrado Sancho II de Castilla, llamado el Fuerte, al que Ramón Menéndez Pidal no duda en comparar con los héroes clásicos, noble, valiente, bello, quizá imprudente. Sancho fue el rey al que más amó el Cid Campeador. Todos sabemos que lo asesinó en el cerco de Zamora Vellido Dolfos, año de Dios de 1072, y que la sospecha terrible de la conjura cae sobre su hermana doña Urraca. ¿Fue ella la que inspiró el regicidio para favorecer a su hermano Alfonso? No se podía imaginar –o quizá sí- Fernando I la tormenta de odios y ambiciones que desencadenaría cuando dividió su reino entre estos tres hijos: para Sancho, Castilla; para Alfonso, León; Galicia para el desventurado García.

A Sancho lo mataron. El Cid trajo hasta Oña su cadáver como buen vasallo, pues el rey castellano había decidido hacía tiempo yacer aquí. Durante siglos descansó en el atrio, pero la iglesia fue ampliada varias veces. A mediados del siglo XV elaboraron unos sarcófagos dignos de los cuentos, madera de nogal, oscura, e incrustaciones de boj, y en ellos están varios condes de Castilla y reyes de Navarra. “Aquí yace el rey don Sancho que mataron sobre Zamora”, dice uno de ellos. Los otros siete sarcófagos contienen los restos mortales del gran Sancho el Mayor de Navarra, unificador de reinos, de la Reina Doña Mayor de Navarra, de los condes Sancho García y García Sánchez, de la Condesa Doña Urraca y de tres infantes de Castilla.

La iglesia tiene un órgano con más de mil de tubos, que cuando suena parece batallar toda la Historia que reposa entre estas piedras. El párroco lo toca mucho mejor de lo que reconoce. Hay una pintura al fresco sobre la vida de Santa María Egipcíaca que apareció por casualidad al retirar un retablo. Si el viajero pasa a la sacristía se encontrará una sala cuadrangular con retablos en las cuatro paredes, cajones de metro y medio de fondo y en medio una escultura yacente del Obispo López de Mendoza, naturalista y muy envejecido, obra, se cree, de Pompeyo Leoni. El claustro de los Caballeros, estilo gótico flamígero, con esa claridad ascendente que sólo tienen los claustros góticos, lo construyó el famoso Simón de Colonia, y en él están enterradas personas muy ligadas al monasterio.

Oña, el pueblo y la comarca, tiene de todo. Desde rastros prehistóricos y antropológicos antiquísimos hasta preciosas rutas de senderismo. El monasterio, principal atracción de la villa y antiguo centro neurálgico de la región está dedicado actualmente a una labor muy noble: es un geriátrico-psiquiátrico. Perteneció durante siglos a los benedictinos; luego pasó a manos de los jesuitas y después a la propiedad pública, con la Desamortización de Mendizábal de por medio. Hoy día no se puede visitar por respeto a los residentes, pero podemos imaginarlo lleno de pasillos laberínticos y estrechos, un patio enorme y soleado, verdadero corazón del  monasterio, y mucha Historia entre sus paredes. Menudo frío debieron de pasar aquí antiguos monjes, en invierno, y no tan antiguos seminaristas de la Compañía de Jesús.

La Historia como viaje
Para llegar a Oña, desde Madrid y por la A-1, hay que dejar atrás Burgos, desviarse en Briviesca y tomar allí la CL-532 hasta Oña, un delicioso paseo en automóvil lleno de curvas, diminutos pueblos y aldeas con nombres sonoros y muy parecidos, e iglesias muy antiguas, sorprendentes. ¿Cómo hemos podido sobrevivir sin conocerlas? Nos encontramos al Noreste de la provincia de Burgos, a unos setenta kilómetros de la capital.

Para dormir y comer podemos hacerlo en el Hostal “Once Brutos” (calle del Pan, 6), recomendado en el mismo pueblo. Buenos carnes y pescados, aunque el viajero sucumbió ante unos sabrosos y económicos huevos fritos con morcilla de Burgos, salpicados de delgadas patatas fritas. Precios muy razonables.

Dentro del formidable entorno de Oña, a tres kilómetros, en Terminón, hay un Hostal Rural llamado Puerta de Caderechas, que cuenta con siete habitaciones dobles y restaurante (Tel. 947 30 02 41). El potencial turístico de Oña está aún por explotar, pero dispone de una Oficina Municipal de Turismo magníficamente atendida (Tel. 947 30 00 01), y podemos consultar la página web del ayuntamiento: www.ayuntamientoona.com

 

Eduardo Martínez Rico