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Nuestras palabras construyen el futuro
El papel de los medios de comunicación en el diálogo entre árabes y Occidente

Seminario de periodismo en kuwait, marzo 2008

Buenos días a todos. Quiero agradecer a la Fundación Abdulaziz Saud Al-Babtain por haberme invitado a este Seminario. Me llamo Eduardo Martínez Rico y soy escritor y periodista español. He aprendido mucho de lo que he oído aquí, y me temo que lo que yo pueda contarles no es tan importante como lo que hemos escuchado estos días, pero tal vez mi experiencia personal como periodista español y algunas ideas, muy sencillas y claras, puedan aportar algo a esta reunión tan interesante y ejemplar.

Hay dos ideas fundamentales que me gustaría transmitirles:

1.-Debemos estar a la altura, por lo menos, de la tecnología que nos sirve para difundir nuestros mensajes.
2.-Tenemos que recuperar la fe en las palabras, en su fuerza, en su capacidad para unir a las personas y construir un futuro mejor.

Los que trabajamos con palabras –periodistas, escritores, intelectuales…- a menudo sentimos escepticismo sobre la utilidad de esas mismas palabras. Miramos con cierta envidia a los hombres de acción, que son capaces de decidir y realizar las más grandes acciones en un tiempo instantáneo. Nosotros rumiamos las ideas, las vestimos de palabras y se las ofrecemos a otros, con coherencia, con fuerza –deseables-, para que esos otros las lleven a la práctica, o por lo menos estén informados de lo que se puede o no hacer. En el fondo dibujamos mapas, guías, para que otros recorran “el país de las acciones” y puedan construir un mundo mejor.

Sí, miramos con escepticismo nuestras palabras, porque muchas veces resultan baldías, caen en terreno estéril... Pero otras veces no. Es una realidad que a las palabras les siguen los hechos, y que la sociedad –en este caso la sociedad internacional- es una y se mueve por todos.

Es verdad que hay que tener muchas cosas en cuenta, y que no sólo valen los buenos sentimientos, los corazones nobles y el deseo de construir la paz, el entendimiento y la prosperidad. Se necesita conocimiento, preparación, esfuerzo e insistencia.

Antes de entrar en terreno desconocido para trabajar en él, un hombre, sea cual sea su disciplina, debe estudiarlo, conocerlo, formarse en él. Cuando lo conozca ya podrá realizar sus aportaciones.

En este diálogo entre el mundo Árabe y Occidente a través de los medios de comunicación, nosotros los periodistas debemos ser dignos de la labor que se nos ha encomendado. Debemos tener el espíritu abierto, espolear la curiosidad, conocer lo mejor posible la situación que debemos reflejar e interpretar. Yo no sé árabe, y espero algún día saberlo, pero el idioma hoy no es una barrera. Hablo en estos momentos en inglés, un inglés que aprendí en mi colegio, con profesores particulares y viajando a Inglaterra e Irlanda. Mi inglés debería ser mucho mejor de lo que es, lo reconozco; pero me he concentrado toda mi vida en dominar el español, mi lengua, porque además de periodista soy escritor.

Las lenguas no son una barrera, y mucho menos una frontera. La principal frontera está en el corazón, y abrir el corazón debe ser lo más importante. El corazón y la cabeza. Y para eso los periodistas tenemos un compromiso, un reto muy grande, porque somos nosotros los que servimos de puente entre nuestros países, entre las más grandes e influyentes realidades y los ciudadanos. Y no unos ciudadanos cualquiera: la élite de nuestros respectivos países, una élite, sin embargo, que afortunadamente cada vez se va abriendo más.

Cada vez es más la gente en nuestros países que quiere estar informada sobre política, nacional e internacional, cultura, deportes, etc., no sólo porque les interese y entretenga, sino porque saben que ese conocimiento es imprescindible para su vida cotidiana. Cualquier profesional sabe que va a moverse mejor por la vida si está informado, porque lo que existe en las altas esferas de su país le condiciona invariablemente. Esto lo sabe un ciudadano consciente de su situación en el mundo.

A los seres humanos nos interesa fundamentalmente lo que nos afecta. Por eso debemos aprovechar más que nunca esta oportunidad de “crisis”, cierta crisis –ustedes lo van a explicar mucho mejor que yo- entre el mundo Árabe y Occidente. Esta crisis tiene un origen puntual y localizable, los atentados del 11-S en Nueva York, pero también tiene un pasado muy anterior, y en cierto modo es una crisis ficticia porque partiendo de un sector muy reducido del mundo Árabe, está afectando a toda la relación entre Occidente y ese Mundo Árabe.

Pero he dicho “oportunidad”, “aprovechar esa oportunidad”. De las crisis surge lo mejor; crisis es “cambio”, implica un punto de inflexión. Se puede convertir lo malo en bueno, y tal vez en el futuro el 11-S marque el inicio de un gran cambio. Tenemos la oportunidad ahora de conocernos mejor, de dialogar,sí, de buscar puntos en contacto –infinitos-, e interesarnos y enriquecernos con nuestras diferencias. Hay que darle la vuelta a la situación: hay que conseguir que lo que nos diferencia y supuestamente nos divide, nos una mucho más y nos anime a realizar proyectos comunes. Este seminario es una buena prueba de que vamos por el buen camino, y de que estamos predicando con el ejemplo.

Mi experiencia personal
El tema de esta reunión es “El papel de los medios de comunicación en el diálogo entre el mundo Árabe y Occidente”. Yo debo hablar de mi experiencia, no muy espectacular si se quiere, humilde… pero para mí importante, y puede ser un buen ejemplo de lo que estamos buscando. Seguro que todos los presentes pueden contar historias parecidas.

Cuando sucedió el escándalo de las caricaturas de Mahoma aparecidas en un periódico danés, el Jyllands Postens, el 30 de septiembre de 2005, yo publiqué en el diario económico español “Expansión” un reportaje en el que analizaba el problema, y la circunstancia de la prohibición musulmana de utilizar imágenes del Profeta. Unos días después entrevisté a Mohammed El Afifi, diplomático egipcio y portavoz de la Mezquita de Madrid (M-30). Mohammed ahora es buen amigo mío, pero aquel día estaba muy enfadado ante la situación internacional que se había formado. Yo me limité a escucharle, a preguntar poco y escuchar mucho. Mi última pregunta fue: “¿Qué cree que pudiéramos hacer todos para acercar posturas, para conocernos mejor y que no volvieran a ocurrir estas cosas?” Y él me respondió: “Usted lo ha dicho en la misma pregunta: conocernos mejor.” Ésa es la clave y ése es el reto que tenemos los profesionales de los medios de comunicación.

Más adelante hablaría con él otras veces, y también realizaría trabajos sobre el Instituto Egipcio de Estudios Islámicos en Madrid, y me invitarían a conocer Egipto, El Cairo… Cada vez sentía más placer y curiosidad por conocer la cultura árabe, las gentes árabes. Los árabes, tengo que decirlo, me han abierto sus casas como si fuera un verdadero amigo. Mohammed El Afifi me dijo la última vez que nos vimos: “Nosotros aquí, en la Mezquita, intentamos tratar a todos como amigos, pero tú eres un hermano.” Esto es muy bonito, y sobre todo es práctico, porque así se construye un futuro mejor. Cuando hay entendimiento hay prosperidad, diálogo, cultura y acuerdos.

Igual me han tratado el Dr. Abdel Fattah, consejero cultural de la Embajada Egipcia de Madrid, y Adel Hassanein, traductor de la Embajada de Kuwait en Madrid. Con hospitalidad, y mostrándome continuamente la sabiduría del pueblo árabe.

Debemos ser optimistas. Un hombre que quiere construir una casa llama a un arquitecto y a un constructor. Habla con ellos, todos dialogan y llegan a acuerdos. Cómo tienen que ser los planos, qué se puede hacer y qué no, qué quiere cada uno, a qué aspiran. Finalmente, se ponen los medios, materiales y humanos, y se construye la casa. A nadie le llama la atención que se haya construido la casa; se ve como lo más normal del mundo. Pero el caso es que existe, acoge a la gente, la guarda del frío y sirve para muchas cosas maravillosas e imprescindibles. Una casa, además, un hogar, es el centro neurálgico de la vida de la persona.

Nosotros queremos construir una casa muy amplia, que consta de muchas otras que ya existen. Nadie tiene que renunciar a nada, pero todos queremos vivir en paz y concordia, y nuestro techo común debe ser el cielo. Debemos ser optimistas porque ya se ha construido mucho de esa casa; nuestros antepasados no se cruzaron de brazos y este “diálogo entre el mundo Árabe y Occidente” no empieza ahora, aunque en el pasado se pudo hacer mejor, con más humildad y voluntad de enriquecimiento mutuo.

Estamos haciendo lo que el propietario de la futura casa hace con el arquitecto y el constructor. Estamos hablando y las palabras expresan nuestra voluntad. Primero hay que pensarlo y quererlo, luego comunicarlo; poner los deseos, voluntades y aspiraciones en común y trabajar en la misma dirección. Tenemos los medios necesarios. Aquí, periodistas de distintos países hemos construido juntos, por lo menos, un seminario, un foro de reunión y contraste de ideas. Ya es mucho, pero tiene que ser mucho más.

Los seres humanos queremos las mismas cosas: vivir en paz, tener familia e hijos, trabajar en nuestros oficios, cumplir una vocación, y un largo etcétera. Eso es común a todos los hombres, esto nos une a los occidentales y a los árabes.

A la altura de nuestra tecnología
Trabajamos en los medios de comunicación, que se componen fundamentalmente de tecnología, hombres cualificados y palabras. Repito, debemos estar a la altura de la tecnología, espectacularmente avanzada; nosotros tenemos que ser por lo menos tan avanzados, modernos y dinámicos como nuestra tecnología. Este texto lo he escrito con un maravilloso ordenador portátil, luego lo he mandado a unos amigos por correo electrónico, y tal vez algún día lo publiquen en un periódico o revista utilizando los más modernos medios de edición e impresión. Yo tengo que estar a la altura de los instrumentos que me ayudan a decir y difundir lo que pienso.

Nos comunicamos con palabras. Los periodistas investigamos, analizamos, nos expresamos mediante palabras y llegamos a nuestros lectores, oyentes, televidentes, mediante palabras. Esto no ha cambiado desde que el hombre es hombre. Quiero devolver la fe en las palabras. La palabra es poderosa, mucho más de lo que a veces estamos dispuestos a admitir. Pero la palabra no deja de ser un envoltorio, un traje, de campo o de gala. La palabra, si no transmite la verdad, la buena voluntad, el deseo de hacer el bien y mejorar las cosas, acaba perdiendo fuerza y queda arrinconada. Nadie la oye ni la utiliza, desprestigiada. Necesitamos credibilidad, y para eso necesitamos las acciones. Tenemos que demostrar al mundo lo que queremos, y que esto es noble y constructivo, que nuestras palabras y nuestros hechos son como la imagen que nos devuelve el espejo, y que cuando dialogamos empleando bellas palabras es porque éstas son el comienzo, el proceso para construir bellas realidades. Esto no significa, por supuesto, que debamos ser ingenuos, que no sepamos que las mejores cosas son difíciles de realizar y que nos enfrentamos a grandes dificultades.

Pero para esto hay una solución, una sencilla fórmula: saber lo que queremos –que lo sabemos- y no parar de trabajar, de movernos, y responder a los fracasos parciales con nuevas propuestas, con más movimiento y más trabajo. Una casa se construye con inteligencia, tesón y sudor.

Fe en las palabras y responsabilidad
No, nosotros periodistas no debemos perder la fe en nuestras palabras. Con nuestras palabras conseguimos que gente de todo el mundo sepa de las políticas internacionales de todo el mundo, de la cultura que se hace en Europa, Asia, África, América, Oceanía... Nuestras palabras son puentes firmes y esos puentes después serán recorridos por los propios ciudadanos, con sus viajes, sus negocios, por todo el mundo.

La responsabilidad de los periodistas es enorme, insisto, mucho mayor de lo que a veces nos pensamos, quizá porque en general cobramos poco… En España, y supongo que ocurrirá en muchos otros países, a menudo se ve cómo los políticos incorporan a su discurso las ideas o las formas de expresión de los periodistas, líderes de opinión. Y esto no es malo, porque los periodistas estamos en la calle, en el mismo campo en el que viven los ciudadanos, mientras que los políticos tienen demasiadas cosas que hacer como para moverse a ras del suelo.

A los periodistas nos corresponde la misión de transmitir fielmente, de interpretar con ecuanimidad, de profundizar en este mundo Árabe, nosotros los occidentales, y vosotros los árabes en el mundo de Occidente. Hacerlo con objetividad, pero con un plus: con voluntad verdaderamente humana. Esto significa fomentar siempre el diálogo, y ser conscientes de que estamos construyendo el futuro. Y si hay que elegir entre el futuro y el lastre del pasado, elegir siempre el futuro.

Tenemos que transmitir al mundo que Occidente y el mundo Árabe no son dos casas distintas, sino dos partes, dos “alas” de la misma casa. En seminarios como éste nos reunimos para construir los planos de esa casa común.
Por favor, creamos en nuestras palabras y llenémoslas de fuerza y verdad para construir el futuro entre todos.

 

Eduardo Martínez Rico