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Entrevista a Fernando Sánchez Dragó

ExpansiÓn

Fernando Sánchez Dragó es una de las personalidades españolas más polémicas. Sus opiniones no dejan indiferente a nadie y son muy tenidas en cuenta. Presente en la vida pública española desde que publicó Gárgoris y Habidis (1979), sus apariciones en televisión son constantes, últimamente en su programa de libros Las noches blancas y el telediario de La 2 Diario de la Noche. Dragó es un escritor al que muchos parece que odian, pero al que todos escuchan o leen.
El 22 de enero publica un libro muy ambicioso sobre España, Y si habla mal de España, es español (Planeta).

-¿Se considera un escritor comprometido?
-No, me considero un escritor libre. Cualquier compromiso coarta la libertad. No me gusta ese término; yo no tengo más compromiso que la libertad.

-¿Tiene conciencia de su influencia en la sociedad?
-Me la hacen sentir los demás, la sociedad. La sociedad me lo recuerda constantemente, pero no tengo vocación de predicador. Yo escribo porque es mi forma de ser. Si tengo ese poder, no lo tengo porque lo haya buscado, ni porque me guste ejercerlo.

-¿Cómo entiende esa influencia?
-Habría que preguntárselo a la sociedad, porque me escucha, me discute, le interesa mis opiniones. Los espíritus libres son tan raros que interesan a todo el mundo, a veces para exasperarlos. Escuchan de mis labios cosas distintas a las que escuchan de todo el mundo. Creo que el no ser clónico genera un plus de atención hacia mí.

-¿Cree que España está en crisis?
-Difícilmente, porque un muerto no está en crisis. España tiene un coma tan profundo que es un cadáver. Pero esa muerte es fruto de una prolongadísima crisis muy grave que ha durado siglos, y al final esa enfermedad grave le ha conducido a morir.

-¿Cuál es la curación?
-Es una enfermedad incurable a estas alturas. España se rompe, eso es un proceso irreversible. Una nación es un proyecto sugestivo de vida en común, decía Ortega, y ya no parece sugestivo a los españoles. El concepto de nación al final es administrativo: hay nación donde hay una moneda, un ejército… Pero hay un concepto que me gusta más: la patria es un sentimiento, y los sentimientos es lo que diferencia a unas personas de otras. España antes era un lugar del mundo, una cultura, con mucho carácter, muchos rasgos propios. Luego se ha ido produciendo, por la globalización, la modernidad, la posmodernidad… una uniformización de lo español con el resto del mundo.

-¿Qué nos diferencia hoy del el resto del mundo?
-Yo me he dado cuenta, tras acabar mi libro sobre España, que sólo hay dos cosas que nos diferencian: la lengua, que es un signo de identidad, de patria; y los toros. Me llamo español por sólo estos  rasgos. Desgraciadamente, la lengua ha sido menoscabada por lo mal que se habla, por la enseñanza, la televisión, los locutores… y los catalanes, gallegos… optan por su otra lengua. Por otra parte, teniendo en cuenta que quieren acabar con los toros, dentro de poco no va a quedar nada de lo español.

-Es usted un poco pesimista.
-Yo soy una persona muy optimista, pero es la fuerza de los hechos. Cuando me golpeo con un martillo y me sangra un dedo, es la ruda realidad. Es lo que veo en España, pero aunque me duela un poco, yo voy a seguir siendo quién soy, un escritor, Sánchez Dragó, padre de mis hijos y marido de mi mujer.

-¿Este panorama es sólo nuestro o es un fenómeno mundial?
-Muchas de las cosas que le digo de España podría decirlas del mundo entero. El fin del mundo es un proceso, y en ese proceso estamos inmersos todos. Es un proceso de deterioro del ecosistema, que ya no garantiza la preservación de nuestra especie.

-Pero habrá alguna salvación…
-La única salvación posible sería detener el crecimiento económico, que nos conduce al fin, y eso es lo que quieren todos los políticos del mundo. Tenemos que llegar a rendimiento bajo cero, porque hay una ley de la naturaleza que dice que cuando una especie crece por encima de lo que el hábitat permite, se extingue. O perecen las tres cuartas partes de los hombres o todos perecerán. Los políticos lo saben o deberían saberlo, pero como sólo quieren ganar las próximas elecciones, lo ignoran.

-¿Qué podemos hacer entonces?
-Para salvar la humanidad necesitaríamos ecodictadores, una especie de patriarcas bíblicos que en nombre del bien común tomaran estas medidas drásticas. Habría que detener toda la actividad.

-¿Incluso la actividad editorial?
-El libro es algo del pasado, algo de arqueología. Casi todas las editoriales son deficitarias, los libreros devuelven casi todos los libros… ¿cómo va a haber libros en un mundo lleno por los coches, Internet y la televisión? Pero el libro sí tiene cura: prohibir el ordenador, los coches y la televisión.

-¿Por qué abomina ahora de España?
-He necesitado 500 páginas para explicarlo. Es un país que funciona muy mal y la gente es muy maleducada. La envidia es el pecado nacional, y lleva a la aristofobia, como decía Ortega, el odio a los mejores: cuando alguien despunta todos van a por él. El primer capítulo de mi libro se titula “De la España mágica a la España hortera”.

-¿Qué significa eso?
-Hemos pasado por la rebelión de las masas, y ahora estamos en plena rebelión de la chusma. Es un motivo más para no vivir en el país con mayor número de sinvergüenzas por metro cuadrado, junto con Italia y algunos países sudamericanos. Pero por supuesto estoy generalizando.

-¿Qué tendría que ocurrir en nuestro país para que usted se reconciliara con España?
-El Diluvio Universal. Tendría que volver como mínimo a la España de las Austrias, o mejor todavía a las tribus ibéricas. Pero España no tiene remedio. Como decía Cánovas, el que no puede ser otras cosas es español, y como yo puedo ser otras cosas no me siento español. Pero yo soy el único que dice estas cosas. Nací niño raro y soy viejo raro.

 

Eduardo Martínez Rico