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Umbral, en vida

ExpansiÓn

Yo lo había visto algunas veces, en cursos y conferencias. Pero hasta ese día, en su casa, en “La Dacha”, no lo conocía. Me pareció un gigante, y eso que los dos medimos lo mismo. Pero no me impresionó.

Luego hicimos cosas, y puedo decir que me enseñó mucho. El mundo literario y periodístico es difícil, y él era el mayor zorro. Podía dar una sensación de escritor maldito, pero era un profesional; sabía muy bien lo que hacía y por qué lo hacía. A quién le daba y a quién no.

Sus errores fueron más humanos que literarios. Yo creo que sólo hacía verdadero daño a los que más quería, y son ésos los que más están sintiendo su muerte.

Umbral ha sido una escuela para unos cuantos escritores. Lo fue de Ángel Antonio Herrera, lo fue de Prada y lo fue mío. Luego todos nosotros hemos encontrado otros maestros, porque la maestría no es celosa, tiene mucho que ver con la amistad y va más lejos. Umbral hablaba de “padres literarios”, y ahí incluía a Juan Ramón, Delibes, Cela… “porque el verdadero padre es el del oficio.”

A mí me decía cosas porque las pensaba de sí mismo. Como a él no le interesaba la novela, te decía que lo tuyo no era escribir novelas. Como él era un genio del artículo, te decía bien fuerte que tú valías mucho para hacer artículos. Como a él le gustaban mucho las mujeres, se preocupaba de tus amoríos. El consagrado vive en el joven lo que ya vivió, lo que quiere que no muera nunca.

Nos conocimos en el año 98, y le llamé por teléfono el 11 de mayo, su cumpleaños. Me daba vergüenza, pero él me dio la sorpresa: “¿Por qué no me ibas a felicitar si me está felicitando todo el mundo?” Y me invitó a merendar a Majadahonda.

Juntos nos hemos paseado Madrid, y yo era su chófer. Vi cómo era mucho más amable con la gente de lo que lo que nadie se puede imaginar. Charlamos en el Palace y fuimos al Escorial… Una vez, recuerdo, yo no tenía puritos para fumar, y me puse a buscarlos por todas partes. Él me esperaba en el Círculo de Bellas Artes con una caja: “Anda, que me sales más caro que una novia.”

Tenía un gran concepto de su valía, pero, al mismo tiempo, como todos los escritores, un punto de incertidumbre. “Yo no soy uno de los grandes”, me dijo varias veces, como para desengañarme. Para él, los “grandes” eran Stendhal, Proust, Baudelaire…  

Ha muerto como César González Ruano: escribiendo su columna. España, su viuda, contaba en el velatorio, muy emocionada, cómo Umbral murió dictándole un artículo, sin apenas voz: “Yo sólo le oía decir “punto”, “punto”…”

Un escritor, si es bueno, no muere nunca. Su verdadera vida empieza cuando se apaga la vela. Es entonces cuando ya no importan las rencillas, la política, las envidias, las cuchilladas a que tan propensa es la literatura.

El tecleo de Umbral ha terminado: ahora queda el terremoto de sus palabras.

 

Eduardo Martínez Rico