Cuentos

El barco solo
Para David Heras

GeneraciÓn XXI

Desde la proa de un pequeño velero de madera, se tiró de cabeza. Imposible encontrar un barco tan humilde en un mar tan soberbio, tan consciente de su propio poder, ahora reprimido, mudo. Pero el barco estaba allí.

El barco y el marino, un único hombre que fumaba su pipa al anochecer, temiendo las tormentas, reservando las baterías de las linternas, recitando canciones de amor de su juventud. La barba gris y negra, con rastros de nicotina en el bigote, manchas amarillas.

Muchas semanas navegando en dirección al Este, sin prisa ninguna, viviendo de lo que el mar le diera. Siempre pensaba en el sol que se le echaba encima cada mañana, le superaba al mediodía y luego se enfadaba, dándole la espalda.

Todos los días, dos baños, uno al amanecer, para despertarse, desentumecer sus músculos de sesenta años, y otro a la caída de la tarde, cuando el crepúsculo le hacía dar gracias, dios de los mares, por seguir vivo y seguir navegando.

Se tiraba desde la proa del barco, sin temer perderlo, y sin miedo a los tiburones... Sin duda consideraba sus secas carnes un bocado muy poco apetitoso para los compañeros del mar.

Se lanzó desde la proa, como siempre, esta vez con todas sus fuerzas, hacia arriba y hacia delante, metiendo luego la cabeza bien para adentro, formando un arco muy tenso con su cuerpo, aún atleta, penetrando el mar, como un cuchillo que cae por su propio peso, un cuchillo de piel de bronce, hacia el fondo del vacío.

Después empezó a girar dentro del agua, espiral, y braceó para coger metros, metros, tragando agua. Y las burbujas se mecían hacia la superficie, pacientes, como sonidos. En la radio sonaba una canción de su juventud. Un dorado coleteaba en el sedal, olvidado por aquellas manos maestras en teclados informáticos y cuerpos de mujer.

La última pipa descansaba sobre la cubierta, fumada mirando al sol del Este, allá donde se dirigía. Y la espiral… creciendo en él, más y más vueltas, en el mar, descendiendo, perdiendo burbujas, con un estallido sordo.

 

Eduardo Martínez Rico