Cuentos

Hunter
Para Frutos, que me habló del infinito como lo más pequeño

Generación XXI

Richard Hunter, profesor de Física en la Universidad de Berkeley, era un hombre joven, querido y respetado por sus compañeros y alumnos.

Hunter había estudiado con Stephen Hawking en Cambridge, y tenía un brillante futuro académico. Su objeto de estudio: el universo. Su obsesión: los límites del universo.

La tesis doctoral de Hunter tenía un título muy atractivo, aunque nadie que no tuviera sólidos conocimientos de Física hubiera entendido una palabra. La tesis de Hunter se titulaba: Infinitos. El subtítulo era algo más preciso, pero de nada serviría copiarlo aquí.

Todas sus investigaciones habían ido encaminadas a estudiar el infinito, en todas sus vertientes de la Física, y especialmente en lo tocante al Universo.

La historia de Hunter, como todas las vidas, es muy larga y monótona. También muy apasionante, pero sólo contaremos una pequeña parte de ella, la que más tiene que ver con su desvelo: el infinito.

Nos interesa cuando Hunter decide dar un giro a sus “investigaciones”.

Cómo tuvo la iluminación (extraña palabra para referirnos a un científico), lo ignoramos.

Llegó a la conclusión de que si estudiaba el infinito, por qué centrarse precisamente en el Universo, en el infinito “más grande” digamos. Por qué no ir al extremo contrario. Desde siempre, es decir, desde que empezó a estudiar con seriedad la Física, le habían enseñado que el infinito también se encierra en un punto, en lo más pequeño. Física Cuántica. Nosotros no somos científicos.

¿Por qué no buscar ese punto dentro de uno mismo? O, más concretamente, dentro del propio cerebro, la mente. El cerebro es un universo como un punto puede ser el infinito. El cerebro es el infinito.

Parecía más asequible, pero no por ello menos exacto.

Algo así debió de pensar Richard Hunter aquel día, mientras se lavaba las manos en el servicio de profesores de la Universidad. Mientras se miraba al espejo se fijó en un punto negro, sí, un punto negro, en su nariz. De ahí saltó al cerebro y a la mente. Ignoramos por qué. Pero nosotros no somos científicos. Tampoco somos Richard Hunter.

Planteó una estrategia con todo el cuidado que puede poner un investigador tan meticuloso como él. Decidió ir desconectando del mundo, en lo físico, en lo intelectual, en lo espiritual, etc., y en un plazo razonable. Pronto llegarían las vacaciones de verano. Tendría tiempo.

Llegaron las vacaciones de verano.

Hunter comía lo justo para no morir de inanición. Comía los alimentos más insalubres, más secos, más sosos, aunque ricos en todo lo que un ser humano necesita para sobrevivir.

Bebía lo necesario también, pero no más de lo necesario. Agua, poca, cada vez menos.

No salía de casa. Ya se había aprovisionado.

En el sótano de su chalet de profesor instaló una caja de madera negra, bien pulida, sin aristas, sin rugosidades, encargada para el experimento. Podía tumbarse en el interior de esa caja, en posición fetal, y ensayar un sueño: era un punto, un punto infinitamente pequeño, infinitamente grande, un punto-infinito.

Ensayar que él estaba dentro de ese punto, que él era ese punto, que no existía nada salvo ese punto. Y que él reunía lo inconmensurable, ni tiempo, ni espacio, ni materia, pero todo el tiempo, todo el espacio, toda la materia, concentrados en el mismo punto, en él, en su mente, la mente de Richard Hunter.

Los ejercicios eran más largos día a día, semana a semana. Muy escasos los sorbos de agua. Apenas masticaba el cereal. Lo guardaba en la boca, y éste, por inercia, se descomponía.

A Hunter no se le ocurrió pensar que se estaba convirtiendo en un anacoreta, una especie de místico. Algunos maestros le habían advertido que la ciencia y la mística están muy cerca, pero él no pudo percibir que estaba haciendo realidad tal afirmación.

Richard Hunter había dejado de percibir las cosas. Algo tan sencillo como eso, “las cosas”.

Hunter quiso ir al centro de su mente, a lo más pequeño, al infinito. No sabía cómo hacerlo, pero tenía una intuición.

Instalado en su caja negra, acostado, cada día comía menos, bebía menos, le importaba todo menos. Pero algo bullía dentro de su mente, como una involución, un vértigo hacia dentro, la llegada a un punto, a ese punto ideal y platónico donde está el infinito, el universo.

Cuando encontraron la caja, los cereales en un plato, como la comida de un perro, el bote de agua polvorienta, Hunter tenía los ojos abiertos y una ligera sonrisa en la cara. Quizá fuera la misma sonrisa de los que dicen haber visto a Dios.

No estaba muerto, pero había encontrado el infinito.

Él mismo, Richard Hunter, ex profesor de la Universidad de Berkeley, Depto. de Físicas, se había convertido en el infinito.

Es decir, en un punto.

Es decir, en el universo.

Y el universo no piensa, no come, no bebe, no se mueve.

Simplemente es y está.

Un científico tan riguroso como Richard Hunter hubiera deducido por la investigación de éste, que el infinito siempre sonríe, irónico o alegre, y que jamás cierra los ojos.

Sabe guardar un secreto.

 

Eduardo Martínez Rico