Cuentos

Un jardín
Para Antonio Prieto

OTRAS PALABRAS

La hierba, seca, amarilla, con una leve esperanza de verdor en su raíz, le ofrece descanso. Ha llegado aquí, tras mucho navegar, convencida de que las columnas que le rodean en un círculo imperfecto, jardín destartalado, vendrán a recordarle cosas que nunca debió olvidar. El estanque no dibuja un centro muy exacto. No posee agua, pero ella es capaz de imaginarla. Los peces de colores hace ya mucho tiempo que abandonaron en su profundo fondo los esqueletos que los sostuvieron. Ella se pregunta a veces si no la habrá abandonado también su esqueleto.

Pero todo queda tan distante en esta jornada de gran sol, que nuestra mujer, los pies duros y el cabello tan seco como la hierba (una esperanza de leve verdor en sus raíces), ha renunciado a comprender las causas que le han traído a este circulo imperfecto, este estanque, centro inexacto de no se sabe qué. Mientras espera, soñando qué colores cubrieron a los habitantes de aquella agua, algo que está fuera de su entendimiento, fuera de sus pies duros, de ese terreno que comprende entre la hierba seca y sus secos cabellos.

Una vez alguien, eso no lo olvidaría, le dijo que aquello era la eternidad, precisamente porque no podía comprenderlo. Tan fácil como su cuerpo, los laberintos de figuras geométricas que dibujaban su cuerpo (ella no sabía de geometría).

Y que había que esperar, no importaba cuánto, a este lado de la muerte, o al otro, a que alguien la interpretara. Ese alguien no sería el que le habló de la eternidad, sino otro alguien, que fuera la eternidad.

Y que no creyera que por más buscar en el profundo fondo de todos los estanques del universo, donde yacen los restos ya invisibles de todos los colores que cubrieron en su día las escamas de todos los peces del universo, que no creyera que por buscar en los más gigantes e insondables estanques del universo, iba a encontrar antes la respuesta que apaciguara su corazón.

Parecía un loco.

Ese hombre, o mujer, alguien, ahora no importa quién, también le dijo que a veces convenía vivir ciego, con los pies enfermos y el pelo envejecido como una espiga a punto de dar a luz, como esta hierba que ahora te recibe.

Convenía vivir con una pregunta bien guardada en un jardín destartalado, un círculo de columnas tambaleantes, piedra pobre, un estanque lleno de peces en forma de recuerdos.

Es decir, de colores.

 

Eduardo Martínez Rico
Montepríncipe, 7 de noviembre de 2003