Cuentos

La magia del desierto
Este relato está basado en hechos reales

GENERACIÓN XXI

Túnez, febrero de 2007. Un matrimonio alemán ha sido secuestrado por un grupo de Al-Quaeda. Los terroristas han pedido al gobierno alemán que libere a una serie de compatriotas suyos, “hermanos”, y ellos soltarán a la pareja.
“Ustedes están lógicamente preocupados por sus compatriotas; nosotros lo estamos por nuestros hermanos, y sólo queremos un canje.”

Todo fue muy rápido. Él conducía un jeep alquilado en Túnez. Querían internarse en el desierto; les gustaba el Sáhara, querían conocerlo mejor y saber qué sintieron sus primeros exploradores. Él quería conocer “la magia del desierto”, y ella sólo quería darle gusto a él.

Conducir por el desierto era un placer. Hacía mucho calor, por supuesto, pero había un silencio increíble, delicioso, y eso era justamente lo que necesitaban. Sabina Müller tenía una tienda de ropa y Giorg Shcneider trabajaba en una discográfica; precisamente el ruido era lo que le perseguía día y noche, asistiendo a grabaciones de grupos de rock infernales.

Él los vio por el retrovisor, y al principio no les dio importancia. El espejo recogía el desierto que iban dejando atrás, pero también los dos jeeps que cada vez estaban más cerca.

Al final oyó unos pitidos insistentes y se dio cuenta de que ya los tenían encima. Redujo la velocidad y vio cómo le pasaba uno de los jeeps por la derecha y el otro por la izquierda. Se pararon delante de él, cortándole el camino, y tuvo que detenerse. Salieron de los dos coches con ametralladoras y cananas en el pecho. Llevaban barba y su piel era muy morena.

“No tengan miedo –dijo uno de ellos en inglés-. No les va a ocurrir nada, ¿ok?” Él apenas pudo asentir con la cabeza; comprendió que no era el momento de iniciar un diálogo absurdo con unos hombres que llevaban ametralladoras y granadas en el pecho. “Sígannos y por favor no hagan ninguna tontería. Les estamos apuntando con esto –y señaló la ametralladora.”

Habían pasado quince días desde aquello y ahora, el mismo hombre que les habló aquella vez, entró en la tienda y les dijo, también en inglés: “Salgan.”

 

Eduardo Martínez Rico